Lunes, octubre 23, 2017

Violencia y percepción de violencia

En un país donde se aguantan las peores atrocidades que, en apariencia, parece que detonarán desestabilidad, caos e ingobernabilidad para que en poco tiempo todo vuelva al mismo punto de alta tensión controlada, resulta difícil prospectar qué más tiene que ocurrir para que la gente salga a la calle y detenga la actividad económica y política del país. Ejemplos, muchos y en diversas agendas.

Hasta hace algunos años, en algunos estados de la República la violencia no se manifestaba en los grados alarmantes en que ocurre en regiones como el norte del país, Guerrero, Veracruz, el estado de México o Michoacán. Incluso, en la Ciudad de México, dado el inmenso volumen de población, los índices de violencia no representaban altos riesgos. En estados como Puebla la percepción sobre la violencia hace 5 años era muy baja. Hoy no es el caso.

Los funcionarios que cubren la agenda de seguridad se empeñan en afirmar que la percepción de la violencia es mayor que ésta; esto se debe a que en muchos casos las encuestas van por encima de los datos duros; tal fue el caso de Puebla en el primer semestre de 2016, por ejemplo, cuando el asalto a mano armada se redujo un 3 por ciento en comparación con el semestre anterior.

Actualmente, esos índices han subido, y la percepción también. Se estima que 2017 es el año con más delitos de alto impacto en toda la década en el estado que hace un lustro era conocido como el lugar de tregua de los cárteles, dado el rumor de que las familias de los principales narcotraficantes del país, habitaban en Puebla. En lo que va del año, se llevan registrados 4 mil 284 delitos como extorsión, secuestro, homicidios dolosos, robo a vehículos, según el Secretariado Nacional de Seguridad Pública. De modo que la percepción de la violencia ha sido rebasada rotundamente por la violencia misma.

En la lógica del crimen, es factible estimar que el delincuente hace su trabajo en zonas donde hay mayor poder adquisitivo entre sus habitantes; hoy en día, esa tesis que manejaban los criminólogos se ha convertido en un sofisma. Según la Encuesta Nacional pública de Seguridad Pública Urbana (Ensu 2016), Los espacios de mayor riesgo para la ciudadanía en general son el transporte público, cajeros automáticos, carreteras y la calle en general. En el mismo documento levantado a nivel nacional, se muestra que 91 por ciento de los encuestados siente inseguridad, y se atribuye a la escasa resolución de los delitos por parte de los aparatos judiciales del país en sus tres niveles; entre otros puntos, se destaca la “débil convivencia vecinal” en las comunidades.

Tanto en relación con la violencia como con la percepción de ésta, el resultado se traduce en una sociedad desarticulada, en la que el deterioro de la comunidad se resquebraja poco a poco. Cabría preguntarse entonces quién pudiera interesarse en que los vecinos, los amigos, los grupos de ciudadanos se encuentren con miedo y desarticulados.

Cabría preguntarse también si estos estos casos ocurren a nivel mundial, en qué países, bajo qué condiciones; si actualmente las sociedades en el mundo se disgregan a partir de patrones y acciones que apuntan hacia el aislamiento y la individuación de las personas, entendido este último término como un mecanismo para la no acción social.

En este caso, infundir el miedo puede significar una estrategia acertada para mantener bajos niveles de participación, resistencia y movilización social. Lo más doloroso del caso es escuchar testimonios de personas cercanas que ha sufrido algún tipo de delito, a plena luz del día, en espacios concurridos, con testigos de los hechos, y que nadie mueva un dedo por ayudar, solidarizarse, generar empatía…caminamos como zombis ante el grito de ayuda pensando en que no nos toque a nosotros, cerrando los círculos de seguridad a nuestros hijos, nuestras propias familias y nada más. Y que el vecino, el amigo, el conocido, que fue o es víctima de un delito se las arregle como pueda. Porque ya ni siquiera se trata de generar conciencia ante el dolor y la tragedia de las familias de los desaparecidos. Entonces ¿cada una de las familias de México tiene que sufrir en carne propia la trágica pérdida de un ser querido para rebelarse ante la ausencia de justicia, la impunidad y la corrupción en un país que aparentemente no aguanta más?

¿En realidad México no aguanta más?

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