Viernes, septiembre 22, 2017

Víctimas y victimarios un rondó, pero con semblante

“Lo que aún no se ha experimentado y se teme como futuro, es algo que ya ha ocurrido.”

Ana María Rivadeo

Ha pasado una década desde que se emprendiera la guerra contra el narcotráfico y las secuelas que ha dejado son terribles. Según datos contenidos en el Atlas de la Seguridad y la Defensa de México 2016, presentado hace unos pocos días, indican que se pasó de 8,867 homicidios intencionales registrados en 2007 a 27,213 en 2011. Tan sólo en el periodo de Felipe Calderón (2006-2012) hubo 70 mil ejecuciones como resultado de dicha guerra. Y el panorama no cambia con el nuevo gobierno: un promedio de 48 homicidios dolosos por día. Además, nos alerta que, lo que empezara como problema exclusivamente en los estados del norte de la República, de a poco ha escurrido hacia otras latitudes: del ya pasó allá al ya llegará acá. En sus 504 páginas que integran el atlas, se pueden ver estadísticas, cuadros, mapas, números y más números. Un gran ejercicio que pretende mapear aquellos lugares vulnerables en seguridad.

Lo que nos incomoda es que, al cifrar, se arranca el nombre y rostro de las víctimas, al tiempo que hace lo mismo con los victimarios. Cuestión que se venía revirtiendo desde hace unos años para acá en otros informes, en los cuales se ha dado a conocer que gran parte de los victimarios son servidores públicos con nombre, rostro y nómina (a veces con cuenta en el extranjero).

Víctimas y victimarios son dos caras de una misma moneda y, reiteramos, ambos con nombres y apellidos. Eso era una de las cosas que cientos de jóvenes exigían en el caso del feminicidio apenas ocurrido en CU: la víctima es, ante todo, una persona, una mujer; era Lesby Osorio.

Con las reacciones suscitadas en los últimos días aprendimos que el #SiMeMatan tiene su anverso perverso en el #SiLaMato, reflejado en los siguientes ‘post’: “Si-me-matan dirán que llevaba falda corta, bebía y dejé truncos mis estudios”. “Si-la-mato van a decir que era un muy buen hijo y tenía tiempos récord en natación, que estoy muy joven para que me jodan la vida por unos minutos de acción; dirán que yo la amaba tanto que no soporté que alguien más la tocara; que qué romántico soy. Al fin y al cabo todos merecemos otra oportunidad.”

Lo que intentamos complejizar en estas líneas es lo mismo que se propuso Everardo González en su último documental, La libertad del Diablo: ¿Quién está detrás y delante del gatillo? Para representarlo, el cineasta los pone a todos bajo máscaras y, con ello, oculta identidades, los homologa, por decir lo menos. Pero en “el desierto de lo Real”, en Acapulco, los “particulares” (como se intenta nominar a los delincuentes en la nueva Ley sobre Desapariciones Forzadas) no desaparecen a “jóvenes”; como en Chihuahua no asesinaron a una “periodista” que escribía sobre corrupción. Más bien se desaparecen, asesinan, levantan, secuestran y violentan a personas con nombres y rostros; con identidades. Todo indica que a Julio Cesar Mondragón lo asesinaron miembros de la policía y el ejército. A su vez, señalan como autor intelectual del asesinato de Miroslava Breach a Ernesto Rocha Esto, ex director de la Policía Estatal Única. A estos casos, faltaría nombrar a cada uno de los más de 100 mil muertos y 30 mil desaparecidos que ha dejado la guerra contra el narco y a sus victimarios. Aquí vale la pena hacer una pausa.

Lo que proponemos no es individualizar y personificar el terror de Estado, pero sí planteamos la necesidad de identificar qué pasó, a quiénes y en dónde ocurrió, esto para poder inscribir en la memoria individual y colectiva que un hecho terrorífico, en efecto, tuvo lugar. El trasfondo de nuestro argumento es que aquello –además de hacer justicia a la víctima– dejará constancia a los sobrevivientes y, con base en eso, poder enarbolar lo otro: un análisis de más largo aliento, futuras reflexiones teóricas que se erijan a partir de un estudio empírico que hasta ahora no hay: saber quiénes están detrás y ante el “gatillo”. Lo que sí sabemos es que tanto unos como otros son considerados residuos del desarrollo del capitalismo neoliberal, aquellos a quienes se les negó la educación, la salud, el trabajo, la vida.

Sin este estudio “empírico” nos encontraríamos como en el trágico cuarto movimiento de la Sonata para piano Número 7, opus 10, núm. 3 de Beethoven: Rondó Allegro. Este movimiento finale resulta ser rápido, tal como lo indica el allegro y está constituido por un rondó, con el cual el tema musical principal reaparece a lo largo del movimiento –después de una digresión– y se repite un determinado número de veces. Ese tema principal, como Claudio Arrau sugiere, son tres breves notas inmediatamente interrumpidas como si éstas estuvieran muriendo, impedidas sólo para volver nuevamente y ser interrumpidas una vez más. Hay una inhabilitación para que estas tres notas puedan continuar y crear una melodía (https://goo.gl/v9Sl3j). El exhorto, pues, es triple: i) hacer de los números, rostros; ii) dejar constancia a los sobrevivientes; y iii) asentar un precedente que dé pauta a reflexiones más profundas.

Al pie del verano.

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