Lunes, octubre 23, 2017

Sociedad manipulada, sociedad política, sociedad culpabilizada

A raíz de la desaparición del artesano argentino Santiago Maldonado durante una manifestación en apoyo a los pueblos originarios de la región mapuche en la zona limítrofe entre Chile y Argentina, el tema espinoso de los desaparecidos en el continente vuelve a ocupar las ocho columnas de los diarios en el mundo.

Santiago Maldonado es un hombre de 28 años que, como muchos jóvenes de su generación, decidió un camino ajeno al convencional que propone el sistema: escuela, universidad, especialización, laburo, familia, casa, hijos, nietos, diosfamiliaypropiedad. En contraste y como muchos de sus paisanos, Maldonado optó por el viaje de largo aliento, el trueque, las sandalias y la experiencia de vivir las realidades de otras personas. Así llegó hasta Cushamen, en Chubut, y conoció la lucha de la comunidad mapuche que reclama como propios, milenarios, terrenos que la familia Benetton –los dueños de United Colors of Benetton- transformó en latifundios.

El gobierno argentino, protegiendo la propiedad privada (como debe ser dirá, seguro de sí mismo, el periodista Jorge Lanata), y protegiendo legislaciones noventeras de tiempos de Menem, que despojaron a los mapuches de sus tierras (que Lanata y el gobierno de Macri vuelvan al capítulo 24 del Capital parece sumamente remoto, si es que lo leyeron alguna vez), acometió con todo el rigor del uso legítimo de la violencia weberiana –hay quienes le llaman también represión– contra los piqueteros que bloqueaban la ruta nacional 40, carretera que baja casi en paralelo con la línea limítrofe entre los países andinos. Pero parece que el control se les fue las manos, como suele ocurrir a los perpetradores de ese uso “legítimo” y legal, y se llevaron a Maldonado que, a saber de su propia familia, no es activista político ni militante ni mapuche sino un humilde artesano. Y si fuera, daba igual. El caso es que Santiago lleva un mes desaparecido.

Con base en la experiencia histórica, sumamente dolorosa, que la Argentina ha transcurrido durante los no muy lejanos años de la dictadura militar, el caso Maldonado ha polarizado a esa sociedad sudamericana, como si los fantasmas del pasado, la memoria –para unos-, la desmemoria –para otros-, las intenciones de sacar raja política –según unos-, el reclamo legítimo de que aparezca con vida e intacto –según otros-, hoy en día involucra no sólo a la Argentina sino a todos los ciudadanos que vivimos en países donde la desaparición forzada resulta, además de un crimen deleznable, un recurso político de quienes ejercen el poder, primordialmente en regímenes de “centroderecha” como se pretenden hacer llamar.

Al viejo estilo de lo que Rodolfo Walsh evocaba en su ejemplar carta como los estereotipos del recuento, los personeros del régimen ya buscaron darle vueltas al asunto con cuatro “´líneas de investigación”, llegando a pensar como sospecha que se lo llevó el río o que los mapuches, en una pelea interna, le dieron un balazo y terminó muerto.

Como si no fuera suficiente, un grupo de docentes perteneciente a la Confederación de Trabajadores de la Educación en la República Argentina (CTERA) repartió en escuelas cercanas a la zona una especie de “manual” o “instructivo” en relación con el caso Maldonado, en que vinculaban esta acción con la memoria de los tiempos de la Junta Militar, y que exhibían las opiniones de funcionarios como Patricia Bullrich, ministra de seguridad macrista, quien en enero de 2017 se atrevió a decir que peruanos y bolivianos se terminan matando por el control de la droga en Argentina. Menos mal que la señora Bullrich no mencionó a los capos mexicanos que tienen intenciones de visitar Buenos Aires a fines de año.

En este clima, un diputado del grupo macrista, Eduardo Amadeo, calificó de “monstruos” a los docentes que se atrevieron a hablar con los alumnos de 6 y 7 años sobre el caso Maldonado; argumentaba que esa acción simbolizaba las peores experiencias del fascismo en la historia. Lo que olvida este señor Amadeo es que los fascismos funcionaron de manera corporativa en la Europa de entre guerras y que el Estado fascista fue legitimado por toda la sociedad, que actuó en consecuencia y como cómplice. Así, de inmediato aparecieron peticiones de decenas de ciudadan@s argentin@s para descalificar la acción de los docentes con los chicos: cómo es posible que a es@s nen@s se les contamine con un sucio tema político.

Argentina es un país habitado por unos 43 millones de habitantes; su sociedad es profundamente culta; también es un país que suele polarizarse, como ocurre en nuestras naciones latinoamericanas. El tema Santiago Maldonado en la coyuntura de las recientes elecciones intermedias, las PASO 2017 en que el cristinakirchnerismo fue derrotado contundentemente, abona a extremar el clima.

Los reclamos contra los docentes suenan absurdos en un presente aparentemente democrático pero profundamente autoritario. Esta coyuntura no es privativa de la Argentina: Venezuela vive algo similar a lo que sufrió Cuba en 1962, por ejemplo, y México ha superado los índices de desaparecidos de las peores dictaduras del cono sur. Bajo estas circunstancias, no resulta demasiado complicada la diferencia entre un chico que está enterado de la realidad del mundo a un chico que prefiere darle la vuelta y encender a Tinelli para convertirse en fan de Wanda o de Sol Pérez. La sociedad argentina también suele ser arrogante: si usted no vive acá, no tiene idea de lo que pasa acá; argumento factible de ser oído en la voz del chofer de la línea 111 o el académico de maestría, pasando por el hincha de River y el mozo del restaurante de Asado. Vaya mal.

Los acontecimientos históricos generan acciones u omisiones, en todo momento. Cuando se omiten esas acciones, las sociedades suelen acarrear culpas que, legítimas o no, reales o no, se transforman en heridas difíciles de cicatrizar. La sociedad argentina, históricamente, sabe de estas omisiones…y de estas culpas. Precisamente el sentido de la historia se centra en eso… en aprender del pasado.

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