Lunes, octubre 23, 2017

Proceso electoral, candidaturas y violencia

Con el arranque del proceso electoral rumbo al 2018, los partidos políticos experimentan una suerte de guerras intestinas que auténticamente ponen a prueba el carácter democrático de la vida política en México. En la mayoría de los casos, no se trata de conflictos generados por discusiones participativas o consultas con las bases sino de rebatinga por el acceso a cualquier tipo de candidatura que garantice cierto porvenir económico; sin visiones políticas a mediano y largo plazos, sin estrategias de organización y mucho menos, sin intención de atender a la necesidad de los partidos como movimientos sociales, una lectura que está demandando desesperadamente este pobre país que no termina de caerse a pedazos. Aunque no lo parezca, la acumulación de estos episodios genera ambientes profundamente violentos (violencia no necesariamente resulta en violencia física).

En este sentido, La violencia en México se presenta como fenómeno social ha transitado de ser un hecho privado que rompe la estructura subjetiva de la individualidad, hacia un hecho social político cuya dolorosa expresión trastocó la configuración de los vínculos en nuestras comunidades. Esta parte es la que no observan quienes se aferran a la lucha por el hueso electoral. La violencia que se organiza y estructura como violencia potencial y la violencia organizada –sistematizada- detona la miseria, el hambre, el racismo, la violencia de género. Algunos de estos temas se han tratado de resolver a través de propuestas para elección de candidatos de manera democrática, a través del azar para el caso de la equidad de género, por ejemplo. Pero el tema central radica en la elección de candidatos que, además de representar los principios de los institutos políticos, su proyecto de nación y sus bases, signifiquen certeza en el sentido de que se mantendrán fieles a las convicciones que esos principios representan.

Muchos de los representantes de partidos que hoy toman decisiones que hoy afectan a la sociedad mexicana (las reformas laboral, educativa, de salud, energética; el gasolinazo de enero, entre otras) no son personas surgidas de los círculos del poder sino gente que defiende causas que niegan sus propios orígenes: Miguel Ángel Huepa, originario de Tonanzintla, formando parte del PAN y votando a favor de las reformas que afectan a los de su comunidad. Como ese ejemplo hay decenas en quienes legislan y administran el curso del país. Y el riesgo de que, una vez en estos puestos, personas que defendían ciertas causas contrarias al poder se transformen, también es latente. La máxima de Beauvior de que el opresor no sería tan fuerte si no tuviera aliados entre los oprimidos es el punto de partida, pero no es suficiente: el dilema estriba en que vivimos tiempos profundamente pragmáticos en que los principios y la manera de pensar cambian de vientos gracias al paso de los huracanes del poder, la fragmentación, el aislamiento. Bajo este escenario no hay certeza para asegurar que los partidos políticos elijan a sus mejores representantes, aunque para los institutos que defienden el poder, esto no representa absolutamente dilema alguno. En contraste, hay otras fuerzas partidistas que sí reflexionan sobre esta circunstancia y por tan solo hacerlo, se potencian como instituciones diferentes.

Así que independientemente del inconveniente ético que se pone en la mesa, el camino no deja de ser esperanzador e, inevitablemente en relación con el sentido de la esperanza, baste recrear las palabras de Arendt contra el planteamiento de la vida en solitario como el rumbo estéril e infructuoso de la vida humana y la intención egoísta de estar pensando en el salvavidas del puesto sin atisbar la cascada que se tiene por delante: “el comienzo, antes de convertirse en un acontecimiento histórico es la suprema capacidad del hombre: políticamente se identifica con la libertad del hombre…Este comienzo es garantizado por cada nuevo nacimiento: este comienzo es, desde luego, cada hombre.”

De alguna manera, aunque parezca paradójico con la postura nihilista, Nietzsche dibujó esta posibilidad de nueva visión de la realidad entre líneas, en Así habló Zaratustra, al desenmascarar, por un lado, la voluntad de poder que esconde la transvaloración de la moral y, no obstante su postura, abrió un pequeño resquicio para combatirnos a nosotros mismos en la potencialidad de convertirnos en lo que Arendt llamó la banalidad del mal (el pensador Héctor Hernández Armas reflexiona “de cómo los seres comunes y corrientes ejercen la violencia de forma natural, procesándola en la normalidad de su modo de vida como una respuesta inmediata, en un contexto aquejado por la costumbre de la violencia…banalidad, afortunadamente reversible y factible de identificar”): “Con vuestros valores y vuestras palabras del bien y el mal ejercéis violencia, pero una violencia más fuerte surge de vuestros valores, y una nueva superación: al chocar con ella se rompen el huevo y la cáscara…Hablemos de esto, sapientísimos, aunque sea desagradable. Callar es peor; todas las verdades silenciadas se vuelven venenosas. ¡Y que caiga hecho pedazos todo lo que en vuestras verdades pueda caer hecho pedazos! ¡Hay muchas casas que construir todavía!”

 

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