Jueves, mayo 25, 2017

Palmarito o el aparato militar mexicano al desnudo I

A propósito de los deleznables hechos ocurridos la semana pasada en que policías militares ejecutaron con el tiro de gracia a un civil en el poblado de Palmarito Tochapan, municipio de Quecholac en Puebla, vale la pena hacer una vista de pájaro acerca del papel histórico de los militares en este país. Escribe Roderic Ai Camp en su investigación sobre las fuerzas armadas en el México democrático (S.XXI Editores, 2010) que la institución más hermética del Estado mexicano es la institución militar. La preocupación principal del analista norteamericano se centraba, hace siete años, en el tránsito de las estructuras militares de los tiempos autoritarios a las democracias. Poca cosa.

Históricamente, el aparato militar mexicano ha fungido eficientemente en una doble asignatura por parte del Estado mexicano: como se tiene de vecino al país más poderoso del planeta, las funciones del ejército, armada y marina, no son funciones de beligerancia ni defensa externa, sino su papel se traduce en la política interna del país (hasta el momento puesto que ante la muy posible separación de Venezuela de la OEA, resulta factible que el ejército le mexicano se vaya a meter a territorio ajeno portando el casco blanco). Ese papel interno se traduce en resolver los planes de emergencia nacional ante desastres naturales y reprimir a la población mexicana. Resulta paradójico pensar que en el imaginario de los mexicanos, durante mucho tiempo el ejército hubiera simbolizado una de las instituciones más confiables del país.

Desde la conformación del México posrevolucionario, el papel de las fuerzas armadas ha cumplido este doble carácter. La intención de Calles, de unir las fuerzas locales disgregadas en el polvorín que era México en la década de los años veinte, tenía el objetivo sustancial de llevar la lucha política a un terreno nacional y no local. Esa fue una de las razones principales de la concepción del Partido Nacional Revolucionario. Por ejemplo, escribió Carlos Monsiváis que “la matanza de 1930 se apoya en un mecanismo que después veremos repetirse en vasta escala. El procedimiento defensivo del régimen se inicia en el ocultamiento de la matanza. El 14 de febrero se producen los crímenes. Los días siguientes no se dan noticias de prensa y el licenciado Octavio Medellín Ostos, director del Comité Pro-Vasconcelos, detenido unos días, puesto en libertad… (Monsiváis, “Sobre el Henriquismo, populismo de derecha y la historia escamoteada” Revista Siempre, Suplemento La Cultura en México, No. 557, 11 de octubre, 1972, p. III)

El México de las instituciones y la estabilidad keynesiana no estuvo libre de decenas de manifestaciones populares que fueron desarticuladas, en el caso extremo, por las fuerzas armadas, apelando a tácticas aplicadas por el Estado mexicano desde los años treinta. Escribió el profundo crítico del sistema en los años de la unidad nacional, Víctor Rico Galán, que es por dinero y no por ideales, que se mueve la represión.

El asesinato del líder campesino Rubén Jaramillo y su familia, imputado a miembros del ejército mexicano en 1962 es una de las tantas manchas indignantes que ha desvirtuado profundamente el papel de las fuerzas armadas en este país. Un par de años después, el semanario SIEMPRE! informó sobre la publicación en Francia de un libro escrito por Jean Potier Gallimard en el que denunciaba que de las fuerzas del orden de América Latina, la peor era la mexicana: caracterizada por su crueldad, por su servilismo ante el poderoso y despotismo ante el débil; por su venalidad; por su ausencia de valores humanos; por el odio que sabe inspirar en los pueblos; por su desclasamiento que le permite olvidar sus orígenes populares. Las peores fuerzas de Latinoamérica: la de Argentina es la más despótica, barre con el individuo en defensa de un estado paramilitar. La de México es la más corrupta: es capaz de venderse por un plato de frijoles acedos. Tienen un común denominador: su desprecio al pueblo, al que apalean, hieren y matan cuando sienten tener, tras de sí, el aval del Estado” (Rosales, José Natividad, “La policía mexicana”, revista SIEMPRE! No. 564, 15 de abr. 1964, p.44). Cabe señalar que en el texto descrito no se particulariza al aparato militar en esta clasificación o taxonomía; resulta doloroso que al paso del tiempo parece que la premisa del francés no estaba tan distante del desempeño de los militares mexicanos en las últimas décadas.

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