Lunes, octubre 23, 2017

Haciendo cuentas en privado sobre episodios, eventos y experiencias, me tocó de pronto pensar en, por ejemplo, avenida de los Insurgentes a las 8 de la noche a la altura de Churubusco, con gente caminando, los restaurantes y los antros abiertos, hace unos quince años; tan linda calle, Insurgentes rumbo a Avenida Reforma…y de pronto hoy en día salir a la noche, en una suerte de aventura lóbrega que se antoja en el imaginario como el viaje por un camino en penumbras; luego, las cortinillas de metal de los negocios pintarrajeadas, pocos negocios abiertos, poca gente; salvo para alguna urgencia lo mejor hoy en día es guardarse temprano. Haz la prueba, lector, si te toca andar por la noche en la ciudad de México, en Cuernavaca, Puebla, Querétaro, Guadalajara o donde sea: negocios cerrados, pocos transeúntes, casi nadie caminando, sensación de riesgo.

Porque paradójicamente, el mecanismo de la violencia resulta tan sutil que si no hacemos alto para intentar recordar cómo era el espacio que nos rodeaba hace unos diez o quince años, no atisbamos siquiera en el deterioro que sufre el país en los últimos años.

Nunca fui callejero, pero tuve mis rachas. Y en esas rachas recuerdo ir manejando mi Renault 5 a las doce de la noche -una de la mañana- por San Ángel, por Álvaro Obregón, Reforma, sin siquiera pensar en que alguien saldría a cerrarte el paso y sacarte un revólver para asaltarte –claro que había casos de inseguridad, pero la sensación no se impregnaba como ahora-, quitarte de encima lo poco que pudieras traer y pegarte un par de plomazos como premio de consolación. Podías irte caminando al parque de los venados o a Coyoacán sin el temor latente de que alguien te fuera a sacar una navaja y además encajártela en los intestinos.

La violencia es como una enredadera en tiempos de lluvia, de a poco se apodera de los entornos: la señora que es asaltada en la tienda de autoservicio, que se percata de que le están sacando la cartera de la bolsa y que grita en busca de ayuda; y el consumidor de junto con el carrito semivacío le voltea la cara porque mejor “que la roben a ella y no a mí, no me vayan a matar por meterme en lo que no me importa”.

La violencia se va convirtiendo en costumbre, en historias cercanas y lejanas que van desde el asalto en el microbús hasta el balaceado que no se dejó robar y terminó en la acera de alguna calle en Quintana Roo, Puebla o la colonia Juárez.

El relato de la violencia en las historias de narcos que se disparan de troca a troca y que quedan regados en el piso entre los vidrios rotos de los parabrisas y los casquillos de las 9 mm; relatos que en apariencia suenan lejanos porque si uno no anda en eso, no tiene por qué sufrir eso. Pero no, ese relato ya nos alcanzó a todos y hasta nos ha rebasado.

Lo más desesperanzador de todo esto es que parece no tener fin, al contrario; la violencia y el deterioro que genera irán aumentando en este país que parece haber desbarrancado. El asesinato y la venganza y el asesinato y la venganza. Y una espiral sin cabo en vías de mayor descomposición.

Hace más de 40 años, en tiempos de la guerra sucia, la sociedad mexicana se abría un espacio para andar en bicicleta por las noches, asomarse a los aparadores de la tienda Viana de Avenida Universidad casi esquina con Eugenia, ver un rato el partido de fútbol o caminar hasta Torres Adalid y comprar pan en la San Javier. Afuerita de la panadería había un puesto de periódicos y junto se ponía una señora que vendía tamales, y yo compraba una revista de aventuras que se llamaba Juan Sin Miedo y hacía la competencia heroica a Santo y Kalimán. Me gustaría saber cuáles serían las aventuras de Juan sin Miedo en este México de 2017.

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