Sábado, noviembre 18, 2017

Con el tapado hay que esperar.

Se hacen bolas, se mueven el piso.

Parece lo natural, sabemos lo que vendrá.

Luego nos dicen que son retefelices.

El pastel se reparten, no engañan a nadie.

¡Con atolito no me he de curar!

La maldita vecindad y los hijos del quinto patio (El dedo)

 

En vísperas del 2018 se van estableciendo alianzas y se vislumbra ya a los futuros contendientes por la presidencia. Detrás de un candidato presidencial hay negociaciones, fuerzas aglutinadas y, por supuesto, intereses. No es una carrera individual sino de grupo y de clase. Los intereses del capital nacional, del capital internacional y de los centros políticos internacionales cuentan. La clase dirigente de México, la misma desde hace aproximadamente cuarenta años, está en la búsqueda de su candidato, uno que le dé continuidad al proceso de trasformación radical iniciado en 1982.

La elección del “bueno”, del candidato del régimen, no descansa en algún proceso democrático, se procesa a partir de acuerdos en los más altos niveles. Los grandes electores, la élite política y financiera, deciden quién será el siguiente presidente. Tomada la decisión inicia la cargada, los diversos grupos se pronuncian, los medios lo arropan, la estructura se cuadra con el candidato.

El neoliberalismo como proyecto político, tiene en los tecnócratas a sus cuadros dirigentes. Economistas formados en el extranjero, parte de la élite económica o ligada a ellas, “born winners” que lideran la gran trasformación. Dogmáticos, elitistas y frívolos, se agregan a las tradiciones de corrupción y autoritarismo de la clase dirigente mexicana. Es en este grupo, parece ser, en donde se encuentra el futuro candidato del sistema.

Rumbo al 2018 el régimen neoliberal, desacreditado y repudiado por amplios grupos, perfila a José Antonio Meade como el relevo. Es el indicado para darle continuidad al proyecto con un perfil fabricado que lo hará parecer un político atípico, sin partido político y experto en temas económicos. La culminación del vaciamiento de la política. Todo esto no es más que engaños que encubren intereses, ideología y proyectos de clase, como lo es el neoliberalismo.

El poder está en movimiento, vendrán las notas positivas sobre Meade, hablarán de sus “éxitos” y su “capacidad”, de su estable familia, de su mujer artista y de su juventud. Señalarán que no está manchado por la corrupción aunque él haya participado como secretario de Estado en dos de los sexenios más corruptos. En un extremo de cinismo dirán que es un ciudadano sin militancia partidista, algo sin importancia cuando su proyecto-partido es el neoliberal. El fraude como actitud política del régimen hará aparecer a Meade como un agente de “cambio”, como algo distinto a la decadencia neoliberal a la que ha servido.

Meade además cumple con los requisitos indispensables para aspirar a la presidencia, es un neoliberal dogmático y ha demostrado estar a la orden de los intereses del capital financiero internacional. Secretario de energía, de hacienda en dos ocasiones, de relaciones internacionales y de desarrollo social, (en los sexenios Calderón y Peña), lo hacen merecedor de la confianza del dinero. Principalmente su paso por las secretarias de energía y hacienda, lo colocan como el indicado para la continuidad, ya que fue parte del desmantelamiento de la industria energética nacional y garante de la “estabilidad” neoliberal.

Los que apoyaron a Miguel de la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña, estarán unidos con el nuevo candidato de un mismo proyecto, utilizarán todo su poder para hacerlo presidente. Su arsenal de acción es inmenso y contiene mecanismos ilegales e ilegítimos. La elección del 2018 será histórica, está en juego la continuidad neoliberal o un cambio de rumbo. Lo que no podemos permitir es que más de lo mismo se presente como alternativa. Mostrar a Meade como cómplice de la actual política, como el elegido de los de siempre para continuar el modelo es un acto de honestidad y una estrategia contra el engaño.

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