Sábado, diciembre 16, 2017

La inconsciencia de gobernar

A raíz del escándalo relacionado con los sobornos de Odebrecht, ahora recibidos por el ex director de PEMEX, Emilio Lozoya, se suma una sinvergüenzada más al catálogo de canalladas y bajezas por parte de los administradores que tienen a este país en niveles cada vez menos asombrosos de infamia y cinismo. Dijeran los letrados: la fuerza de la costumbre.

Si bien Lozoya no ha sido gobernante, lo que el escándalo relacionado con el empresario brasileño vincula a este nefasto funcionario mexicano con las más altas cúpulas del poder político en México, entre quienes están mencionados los nombres de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

La caja de pandora sigue y sigue dando de qué hablar. Lo mismo ocurrió con los Panamá papers en que fueron exhibidos políticos que hoy ejercen el poder. El tema estriba, precisamente en una relación sobre la que es preciso reflexionar para intentar comprender la lógica de la corrupción y la impunidad que imperan en este pobre país.

Porque las sobadas frasecitas de que No quiero que me den sino que me pongan donde hay o de que En el año de Hidalgo, pendejo el que deje algo por ejemplo, no aplican a estos sujetos que conforman la clase política de la mexicana alegría, despilfarradora y ostentosa.

La razón resulta obvia: el sistema político mexicano suele entrar en crisis sólo cuando se dan los cambios de relevos generacionales en las élites del poder. Entre tanto, nos avergonzamos de los panistas Germán Martínez y Camilo Mouriño cuya voracidad, rumores y más rumores, la habría costado el pellejo; de gatopardos como Luis Téllez, los Bibriesca, Martita Sahagún y anexas; de Alejandra Barrales, Bejarano y las ligas.

Escribía Lorenzo Meyer que la revolución mexicana resultó, en efecto, una irrupción generalizada en todo el país pero que más se debió a un resquebrajamiento en la clase gobernante, lo que erosionó un sistema de papel que con el empujón severo del pueblo sublevado terminó por exhibir un Estado bastante endeble.

Los ejemplos de estos gobernadores virreyes que terminaron o que están terminando sus mandatos (Granier, Bours, los Duarte, Borge, Moreira, Moreno Valle, Graco Ramírez, etcétera) nos demuestran que, en el ejercicio del gobierno, el individuo pierde la noción del presente creyendo que su mandato no contará con un límite temporal, lo que de otorga un carácter de absoluta permisibilidad. Sucedió con las juntas militares sudamericanas. Jorge Rafael Videla y Eduardo Massera, Leopoldo Galtieri y Eduardo Viola, creyeron que no se conocería en el mundo la bajeza de los vuelos de la muerte, de lanzar a personas sedadas, inconscientes, al mar a un par de kilómetros de altura sobre las aguas del atlántico; creyeron que no se darían a conocer los asesinatos de empresarios para que Massera, por ejemplo, se agenciara cientos de hectáreas de chacras en la provincia de Mendoza; creyeron que se mantendría sepultado el sistema penal clandestino que fabricaron, sin jueces ni ministros sino con torturadores y torturados. Creyeron que el poder les devenía en eternidad, después de haberlo arrebatado.

En México, la clase política mantiene el poder arrebatado, se considera eterna igualmente. La analogía no es extrema ni caprichosa. La junta militar argentina debe la cuenta de unas 30 mil personas, muchos pagaron y están cumpliendo penas; otros murieron en la cárcel. En México los gobernantes desde Calderón hasta Peña Nieto contando mandos militares y medios en los tres niveles de gobierno, son responsables de la muerte de más de 200 mil personas. Y se creen eternos. Nadie ha pagado, salvo quizá los niveles más básicos de la tropa militar, la que ejecuta órdenes, la que en los juicios argumenta obediencia debida; pero los autores intelectuales, como Calderón o Peña Nieto, siguen impunes, siguen en el poder y no lo quieren dejar. Son gobernantes sin conciencia de presente.

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