Lunes, octubre 23, 2017

La “anti-política”, otro engaño

La anti-política engloba una serie de discursos y acciones cuyo eje es un rechazo a la política. La política y los políticos se vuelven su blanco predilecto, a los que se les asigna toda una serie de adjetivos calificativos. La política se presenta como el espacio de la corrupción, del oportunismo y de la vulgaridad; y todos los políticos son unos corruptos, mantenidos y mentirosos. Hay mucho de cierto en esta visión, la política en buena medida se ha convertido en un espacio de corrupción y de otras lacras, sin embargó, el discurso de la anti-política es una trampa política, un engaño, o como dicen los jóvenes “un choro mareador”.

La política en el neoliberalismo se ha convertido en un espacio en el que no se disputa la dirección de la historia, se acepta por descontando la supremacía del mercado, se ocultan los antagonismo sociales y se fortalece una visión gerencial de ella. La política se vacía de su poder hacer, de su fuerza en el desarrollo de la historia, para convertirse en procesos y mecanismo para la obtención de puestos y riqueza. Esta es una versión corrupta de la política, hegemónica en el momento actual, pero no la única.

En este contexto el discurso de la anti-política viene a crucificar a la política, en una burda reflexión la culpa de su propia derrota ante el mercado. Su crítica se dirige a la política antes que al neoliberalismo realmente existente. No hace llamados claros hacia dónde caminar, no conlleva una claridad política más allá de una clase política mala y unos ciudadanos buenos. “Todos son iguales”, “no se puede hacer nada”, “no me gusta la política”, “el cambio está en uno”, son expresiones de una despolitización campo para la irrupción de los discursos de la anti-política.

¿Qué queda si desaparece la política? La respuesta es muy clara, la realidad social la da, quedaría la fuerza del mercado. Lo que sería la gran victoria cultural del neoliberalismo, el “fin de la historia”. La aceptación de que nada puede ser cambiado, de que la política es mala y quita tiempo, de que las salidas pasan por caminos de la administración, de la improvisación, de los “independientes”. Falsas salidas que llevan a la consolidación del actual sistema.

En la coyuntura de disputa actual el discurso de la anti-política cumple otra función de mantenimiento de orden. Busca igualar a todos los políticos y movimientos políticos. Así, fuerzas opuestas y movimientos de lucha son señalados como “lo mismo”. No importan trayectorias, posiciones ideológicas y acciones presentes, todos son lo mismo, desde el burdo análisis de la anti-política. Esta mirada beneficia a las posiciones conservadores y mantenedoras del status quo y están dirigidas a desacreditar a las verdaderas oposiciones que frente a la despolitización y la hegemonía neoliberal se levantan y disputan el poder con miras a darle otra dirección a la historia.

Nada nuevo en los discursos de la anti-política. El ridículo “5 años de hechos no de política” de Migue Ángel Mancera recuerda al porfirista “más administración y menos política”, discursos engañosos de dominación. Superar el descredito de la política, el pesimismo ante las instituciones y la falta de alternativas a esta crisis, pasa por la organización, la reflexión, el dialogo, la lucha, la calle y la disputa del poder político. La salida es la política, no la neoliberal procedimental y vacía, una verdadera que venga de abajo y abra horizontes de liberación.

El 2018 será un año histórico, la posibilidad de un cambio se cifra en desmontar el discurso de la “anti-política” y en la irrupción de la verdadera política aquella que disputa la dirección de la historia.

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