Jueves, abril 26, 2018

Final de ruta, de la diferencia a la nostalgia de ser humanos

Paul Martínez Facio

Final de ruta es un cuento de la escritora estadounidense Aimee Bender, la historia se desarrolla en mundo fantástico en el que existen hombres y pequeños hombrecitos. La autora relata la relación que se da entre uno de estos hombres y un hombrecito que es tomado como mascota. Plantea como centro de esta relación: la diferencia. Una diferencia que primero será física, pero que en seguida se extiende hacia lo psicológico e intelectual.

La autora da a la diferencia física un trato de naturalidad, sin embargo, poco a poco, al trasladarlo a las costumbres del hombre, se irá convirtiendo en una diferencia psicológica e intelectual:

El hombre fue a la tienda de mascotas a comprarse un hombrecito para que lo mantuviera acompañado. La tienda estaba llena de perros con manchas y gatos tímidos y la gente amistosa compró perros y la gente independiente compró gatos y este hombre buscó a su alrededor hasta que en la parte trasera encontró una jaula, dentro de la cual había un sofá en miniatura y un pequeño televisor y un hombrecito atractivo de pelo castaño, vestido con traje de tweed. Consultó el precio. El hombrecito era costoso, pero el gran hombre tenía un buen empleo y pensó que esta compra valía la pena. (Párrafo 1)

La primera relación entre los personajes de Bender se da bajo un velo de naturalidad, un hombre decide adquirir una mascota y acude a la tienda para conseguirla, la mascota se diferencia de las demás, exclusivamente por el precio, no hay más diferencia entre el hombrecito y el gato, o el perro, está igualmente expuesto a la posibilidad del precio. Bender utiliza este hábito cultural para introducirnos a su universo fantástico.

En adelante, la diferencia se irá haciendo cada vez más psicológica. Al salir de la tienda de mascotas, ya no son un hombre y un animal, sino un hombre diferente de otro hombre.

El gran hombre colocó al hombrecito en su recámara, sobre el buró de noche, y levantó el pestillo de la jaula para abrirla. Ésa fue la primera vez que el hombrecito apartó la vista del pequeño televisor. Parpadeó, lo que era difícil de ver, y luego pidió algo de cenar con su voz estridente. El gran hombre le trajo una gota de whisky dentro de la ranura de un tornillo, y una hebra de pollo, todavía con el pellejo. No tenía cubiertos, así que le dijo que se sintiera con la libertad de comer con las manos, lo cual irritó al hombrecito. (Párrafo 4)

Presenta a través de un sencillo gesto, el hombre “no tenía cubiertos” un panorama que establece una relación dispar, en un sentido psicológico, el hombre interpreta la necesidad de alimentarse que tiene el hombrecito, con el hambre, una reacción mucho menos civilizada y hasta cierto punto instintiva. Saciar el hambre es algo que una bestia hace sin reparar en el modo en el que lo consigue, esto es lo que “molesta” al hombrecito, que de golpe tiene que asumir su condición animal.

El relato continúa con un periodo de convivencia más o menos natural, pero en la que el hombrecito tiene que aceptar su condición de ser supeditado a las posibilidades de otro, tanto en conocimiento como en comprensión. Llama la atención que en el relato es el hombrecito quien tendrá que comprender que es víctima de la “tortura”, y que tiene que hacer explícita su condición de ser humano:

 «Mira, yo también soy hombre, sólo soy un hombrecito. Esto es muy doloroso para mí. Incluso si no te gusto», dijo el hombrecito, «de todas maneras me duele»[…] Pensó en fugarse. ¿Pero cómo? La perilla de la puerta era el edificio Empire State. El jardín trasero, una planicie africana (Párrafo 10)

La relación se recrudece y se torna cada vez más violenta y realista. La poderosa narrativa de Bender expone de prístina manera la relación que se presenta entre dos seres dispares. Las condiciones que para el torturador son “cotidianas”, para el torturado son obstáculos imposibles de sortear.

Aimee le apuesta a lo sexual, quizás por entender que en principio, se trata de una de las diferencias más palpables. Esta diferencia es natural y trasciende las referencias culturales:

El gran hombre vio televisión junto al hombrecito. Durante el programa con las mujeres atractivas se lo metió debajo del pantalón y lo dejo ahí. El hombrecito pinchó el pene del gran hombre, que creció junto a él como en el cuento de las habichuelas mágicas de Jack; el olor a tierra húmeda provocó que se avergonzara de su propio y diminuto pene oculto bajo sus pantalones de consultor. Le acertó un puñetazo, el tallo siguió creciendo y, perturbado, el gran hombre metió la mano debajo de sus pantalones y arrojó al hombrecito hasta el otro extremo de la habitación(Párrafo 11)

Acierta Bender al establecer una distinción entre la sexualidad como acto de placer y tortura, vinculación que establece entre sus personajes, y en la que las relaciones exponen una distancia que se antoja insalvable.

La narración continúa con una ilación de actos torturantes que el hombre aplica al hombrecito, hasta que éste, fatigado, decide abandonarse. El hombre, ante tal imagen, acusa un asomo de comprensión, lo alimenta bien durante algunos días, le provee de algunas comodidades, pues desea, “que se lleve un buen recuerdo”, hasta que finalmente lo libera.

Aimee Bender expone en su relato El final de la ruta, un diálogo inusual, el que se da entre un ser dominado, torturado y su torturador, gesto que quizás sea lo único fantástico en el relato, que por lo demás está lleno de un realismo descorazonador. Hacia el final del relato narra la reintegración del hombrecito a su vida cotidiana, en la que sigue pendiendo de la voluntad de los hombres.

El hombrecito subió. No traía dinero, pero el autobús aceleró y comenzó a avanzar con el hombrecito dentro. Tomó asiento en la parte trasera y miró hacia la calle a través de la ventanilla. Todas las personitas a su alrededor se habían percatado de lo ocurrido. Vivían con ese temor todos los días. Los diarios estaban llenos con las últimas noticias y nuevos incidentes(Párrafo 22)

Cierra el relato con un arrebato de nostalgia en el hombre, quien al perder la relación con el hombrecito, comienza a sentir el vacío en el que ha vivido, pues desconoce y anhela conocer la diminuta vida que se le escapa.

Bender toca en este relato, tres temas que atañen directamente a lo humano. La diferencia natural entre los seres vivos, la práctica cultural de la tortura como producto de un profundo desconocimiento del otro, y la imposible reconciliación de las diferencias trascendentales, de la que se desprende una sentida nostalgia de ser humanos.

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ILUSTRACIÓN BRENDA OLVERA